¿Podrá el Nuevo Gobierno de Colombia Revertir el Declive del Petróleo y Gas?
Un País en una Encrucijada
El panorama político de Colombia ha sido transformado drásticamente tras unas elecciones presidenciales marcadas por una profunda división y un final de infarto. Tras un recuento oficial de votos que confirmó una victoria por menos de un punto porcentual, el candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella se alzó con la presidencia. Su rival, el senador de izquierda Ivan Cepeda, reconoció la derrota. La campaña encendió una considerable controversia y puso de manifiesto las profundas grietas sociales en toda la nación. Con la tensión disminuyendo tras esta contienda, el foco se desplaza ahora hacia las realidades económicas que enfrenta la nueva administración, en particular el estado del vital pero tambaleante sector energético del país.
La plataforma del presidente electo De la Espriella promueve una visión audaz para la revitalización económica, apuntando a un ambicioso crecimiento anual del PIB del 7%. Este objetivo se perseguirá junto con una estrategia de disciplina fiscal destinada a controlar un déficit creciente, proyectado entre el 7% y el 8% del PIB. Un pilar fundamental de este plan de reactivación económica implica un esfuerzo concertado para rejuvenecer la industria petrolera y gasífera, de importancia crítica pero actualmente en apuros. En esta empresa cuenta con el respaldo del vicepresidente José Manuel Restrepo Abondano, quien aporta experiencia reciente como Ministro de Hacienda y Crédito Público.
El Obstáculo de los Hidrocarburos
La columna vertebral de las recientes dificultades económicas de Colombia reside en el marcado declive de su otrora dominante sector de hidrocarburos. Durante la última década, tanto la producción de petróleo como la de gas natural han experimentado una caída vertiginosa, alimentando preocupaciones sobre una inminente crisis energética, exacerbada por los crecientes costos de las importaciones de gas natural licuado (GNL).
Para abril de 2026, la producción diaria de petróleo se situó en 724.910 barriles, una caída significativa respecto a los 915.087 barriles diarios registrados una década antes para el mismo período. Esta merma en la producción, junto con las limitaciones en la capacidad de refinación, obliga a Colombia a depender cada vez más de las importaciones de diésel, principalmente para sus necesidades agrícolas y de transporte. La aguda contracción en la extracción de gas natural presenta una amenaza particularmente grave para la estabilidad económica y la integridad de la red eléctrica nacional.
En abril de 2026, Colombia extrajo aproximadamente 694 millones de pies cúbicos de gas natural al día, una cifra cercana a mínimos de varias décadas. Esta producción es sustancialmente inferior al billón de pies cúbicos diarios producidos apenas un mes antes. Esta brecha creciente entre el consumo interno y la oferta local obligó a Bogotá a recurrir a la importación de gas natural licuado (GNL) a partir de diciembre de 2016. La creciente dependencia de estas costosas importaciones ha contribuido directamente a las presiones inflacionarias, elevando la tasa de inflación anualizada al 5,84% en mayo de 2026, un nivel no visto desde 2024, intensificando así una crisis del costo de vida que afecta desproporcionadamente a los hogares de bajos ingresos, fuertemente dependientes del gas natural para su energía.
Además, el creciente volumen de costosas importaciones de GNL y productos petroleros está generando desequilibrios estructurales en la balanza de pagos de Colombia. Esta situación erosiona simultáneamente la soberanía energética de la nación en un momento en que las tensiones geopolíticas en Oriente Medio ya están interrumpiendo las cadenas de suministro globales de GNL. La nación andina ya adquiere casi un tercio de su gas natural consumido de fuentes externas. El aumento de las importaciones de gas natural ha elevado consecuentemente los precios entre un 25% y un 36% estimados en muchas regiones colombianas. Esto presenta un riesgo significativo para la generación eléctrica asequible, especialmente durante períodos de severas sequías inducidas por El Niño que agotan los niveles de los embalses hidroeléctricos, forzando una mayor dependencia de las plantas de energía a gas para compensar la reducida producción hidroeléctrica. El consiguiente aumento de los gastos en gas natural y electricidad tensionará aún más la ya frágil y fiscalmente desafiada economía de Colombia.
Prescripción Política y Potencial
La agenda política de De la Espriella está específicamente diseñada para contrarrestar estas vulnerabilidades económicas. Un pilar central implica estimular la inversión en el menguante sector petrolero de la nación para impulsar una mayor producción de hidrocarburos. La administración planea mantener la significativa participación estatal en Ecopetrol, la petrolera nacional, al tiempo que posiciona el gas natural como un combustible de transición en la estrategia más amplia de energía limpia.
Crucialmente, el nuevo gobierno tiene la intención de reenergizar las actividades de exploración y producción, un marcado contraste con las políticas del expresidente Gustavo Petro, quien detuvo la emisión de nuevos contratos de perforación al asumir el cargo en agosto de 2022. Un elemento clave y controvertido de la estrategia del presidente electo es la reintroducción propuesta de la fractura hidráulica, o fracking, para la extracción de petróleo. Esta técnica, previamente objeto de un debate considerable, se limitaría inicialmente a proyectos piloto cuidadosamente regulados. Se exigen condiciones estrictas, requiriendo operaciones en terrenos geológicamente estables, libres de riesgos sísmicos, y garantizando que no se dañen las fuentes de agua, el medio ambiente local o las comunidades indígenas. Los operadores deberán obtener una licencia social, obteniendo el consentimiento explícito de las poblaciones locales antes de comenzar las actividades piloto de fracking.
Estas estrictas estipulaciones hacen eco de las establecidas previamente por el Consejo de Estado, el máximo tribunal administrativo de Colombia, que permitió proyectos piloto de fracking bajo la anterior administración de Duque. Se cree ampliamente que Colombia alberga importantes reservas sin explotar de petróleo y gas no convencionales. La Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) estima que el país posee aproximadamente 3 mil millones de barriles recuperables de petróleo de esquisto y 34 billones de pies cúbicos de gas de esquisto. Si estas estimaciones resultan precisas, la implementación del fracking podría impulsar significativamente las menguantes reservas probadas de Colombia, que continuaron disminuyendo en 2025. Se espera que el aumento de la producción de petróleo y gas mitigue los riesgos económicos derivados de las actuales escaseces de suministro. Además, las mejoras de seguridad propuestas por De la Espriella, incluidas operaciones militares dirigidas a estructuras de minería ilegal, se anticipan para mejorar el entorno operativo y fomentar una renovada confianza en la reactivación de la industria petrolera, indispensable para la economía nacional.
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